La guerra en el Medio Oriente y Asia Central siempre estuvo conectada con las consideraciones estratégicas imperialistas acerca del control de los gigantescos recursos de petróleo y gas, oleoductos y redes de distribución, y junto con esto, acerca del control del vasto espacio soviético, Rusia y China en proceso de restauración capitalista. Por lo tanto, los reveses que el imperialismo ha sufrido en Irak, Afganistán y Líbano, la emergencia de Irán como un inevitable factor de poder en las guerras en Irak, Afganistán y Líbano y la restauración del aparato del Estado bajo Putin, dieron como resultado el surgimiento de nuevas rivalidades y tensiones entre Rusia y Estados Unidos que llevaron a lo que algunos comentaristas calificaron como una "nueva Guerra Fría".
Esta caracterización superficial ignora la naturaleza histórica de la Guerra Fría, el antagonismo sistémico entre el imperialismo y la Unión Soviética en la particular relación de fuerzas internacionales luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, así como también la profundidad de la desintegración del stalinismo. El bonapartismo de Putin no representa un retorno a los tiempos soviéticos ni un renacimiento de la Unión Soviética; no es un regreso a una distorsionada forma de transición al socialismo sino otra vía al capitalismo y a la integración al mercado mundial, que sigue a la impasse y al colapso de la primera etapa de la restauración del capitalismo bajo la ‘terapia de shock' de Yeltsin en la cesación de pagos de Rusia en 1998. El régimen de Putin fue obligado a renacionalizar parcialmente el sector estratégico de la economía, en particular del sector energético, y a revitalizar algunas industrias; se benefició enormemente del astronómico aumento de los precios del petróleo en el período 2000/2006 para crear un Fondo de Estabilización para cancelar la deuda externa nacional, pagar los atrasos en las pensiones y acumular provisiones para futuros shocks financieros. El enorme crecimiento del Estado bajo la supervisión de la antigua KGB, ahora FSB, es el producto de presiones externas del capital financiero y las presiones internas de la desintegración de la vida económica y social. Pero la semi-estatización de sectores estratégicos de la economía, combinada con golpes a algunos oligarcas, no significa un retorno al período soviético anterior a 1991, incluso si las antiguas formas de gobierno de los stalinistas, incluyendo los todopoderosos servicios secretos, son usados para otros propósitos: estabilizar la economía y hacerla funcionar bajo parámetros capitalistas. Ninguna parte significativa del Fondo de Estabilización fue usado para renovar la infraestructura o los servicios sociales para el pueblo; la principal preocupación fue pagarles a los banqueros internacionales y cooperar con las demandas del ambiente financiero capitalista mundial. Combinar una economía de extracción de petróleo y materias primas con un fuerte lazo con el capital financiero internacional no es la vía hacia el socialismo, ni siquiera hacia la soberanía nacional que pretende Putin. Las desigualdades entre las regiones han crecido y sólo una elite, particularmente en la región central de la Federación alrededor de Moscú, se ha beneficiado con la recuperación económica. El régimen autoritario de Putin sigue siendo el enemigo del pueblo a ser enfrentado y derrotado por las masas. Pero esta lucha no tiene nada en común con los objetivos y conspiraciones de los oligarcas o de los liberales pro-capitalistas agrupados alrededor de Kasparov, Yavlinsky y otros. La línea divisoria no es entre los campos pro-Putin y anti-Putin sino una línea de clase a favor o en contra de la restauración. La salvación de los trabajadores y las masas populares de la devastación de la restauración capitalista y de la transformación del país en una semicolonia, proveedora de materias primas para Occidente y sirviente del capital financiero, está en el camino de la organización y movilización de la clase obrera, la juventud y todos los oprimidos para derrotar a las fuerzas restauracionistas por medios revolucionarios sobre la base de un genuino programa socialista y una perspectiva internacionalista. El futuro de Rusia y todos los países del antiguo bloque soviético (incluyendo a China) será resuelto en la lucha en la arena internacional.
Es verdad que el imperialismo, particularmente el norteamericano, está preocupado por el curso de Rusia, reforzada bajo Putin y con un papel reafirmado en la política mundial, en el Medio Oriente, en Europa, los Balcanes; sobre todo está preocupado por las incertidumbres de la reabsorción de Rusia en el mercado capitalista mundial. El imperialismo no es el enemigo de Putin sino del pueblo ruso. Este es el verdadero objetivo del nuevo sistema de misiles balísticos que el imperialismo norteamericano quiere instalar en Europa, en la República Checa y en Polonia. El objetivo no es prevenir un... ataque misilístico iraní sobre Londres, Nueva York o Washington sino la recolonización del antiguo espacio soviético y la hegemonía mundial. Los trabajadores y los movimientos contra la guerra en Europa e internacionalmente tienen que luchar contra la instalación del nuevo sistema de misiles balísticos, por el desmantelamiento de la Otan y todas sus bases militares e instalaciones que amenazan otra vez a la humanidad con el espectro de un holocausto nuclear.